viernes, 16 de agosto de 2013

Rumbo a Italia. Etapa 2. Venezia.



Bueno, voy a retomar el viaje italiano del mes pasado. Como soy una inconstante en esto de escribir, pues alargo los temas que da gusto.

Nos quedaba la segunda etapa del viaje. Venezia. Ciudad única en el mundo por su infraestructura y por la cantidad de turistas que recibe diariamente. Pues, vamos allá… A ver qué tal pasamos un día en Venecia.

Llegamos en tren desde Milán. Lo que significa, madrugón. Pero, no pasa nada. Todo sea por visitar esta ciudad. Después de 2,5 h de tren llegamos a la ciudad de los canales.

Lo primero que recuerdo es la cantidad de gente que había. Increíble. En la estación y fuera de ella. Gente por todas partes. Gente haciendo colas. Gente comiendo gelattos… Gente, o turistas, guiris, … como les queráis llamar.



El segundo recuerdo es la majestuosidad de la ciudad de los canales. Concretamente, el Gran Canal, que es el que pasa por la estación de tren, y sus edificios colindantes. Y pensar, estoy en Venecia, estoy aquí, estoy viendo esto en vivo y en directo. No es una peli, ni una foto, ni un vídeo. Son mis ojos los que ven el canal, son mis manos las que tocan los puentes y los edificios… Piel de pollo. Al fin estaba en una de mis ciudades pendientes.
 

Como había tanta gente, pasamos de coger un vaporetto y nos aventuramos a caminar en dirección al Puente del Rialto. La verdad es que no es nada difícil con todas las señales que te encuentras por el camino, el mapa que llevamos y, bueno, Nisi que ya había estado antes… Aunque esto último no sé si es mejor o peor…

Callejeamos como muchos turistas. Encontramos rincones tranquilos. Nos hicimos miles de fotos. Pasamos por una tienda de máscaras fantástica. Nos paramos a mirar escaparates. Me compré dos pares de pendientes de máscaras. Vimos nuestras primeras góndolas con sus gondoleros. Comprobamos que había vida aparte de los turistas. Una vida dura, por cierto, para realizar todo lo referido al hogar o a los negocios, por lo difícil del transporte. Así pudimos ver ancianitas venecianas que subían y bajaban por los puentes con sus carritos de la compra, trabajadores que iban con carretillas gigantescas para transportar alimentos o lo que se terciara, barcazas cargadas de cajas,…  Y, finalmente, volvimos a ver el Gran Canal y su Puente del Rialto. Nunca me había imaginado lo grande que podía ser este puente. Ni que tuviera tiendas en su parte central. Y que estuviera lleno no, llenísimo de turistas que lo subían y lo bajaban, que hacían fotos, que compraban en las tienduchas… Me gustó más por el exterior que por el interior, aunque me sobraba la gente (esto pasa cuando estás acostumbrado a la tranquilidad de vivir en un pueblo).



Después seguimos callejeando y vimos una boda veneciana con su góndola decorada para la ocasión y sus gondoleros vestidos de gala. Vimos una tienda llena de camisetas a rayas (nosotros también llevábamos… Somos así de predecibles). Más canales. Más góndolas… Nos acercábamos peligrosamente a San Marcos y nisi quería que nos tomáramos un Spritz. Encontramos una placita muy pequeña y cerrada con un bar… Pero no fue bien, era una vinoteca. Seguimos buscando un sitio que nisi conocía… Pero acabamos en uno junto al hotel que estuvo ella y, hay que decirlo, el Aperol Spritz estuvo buenísimo. Hacía calor. Llevábamos mucho tiempo caminando. Y probar aquella bebida nos revivió a todos.
 
Después seguimos hacia San Marcos, y cada vez había más gente y más tiendas. Cuando llegamos a la Plaza de San Marcos, me pasó un poco como cuando vi el Gran Canal. No podía creer que estuviera allí. A pesar del calor, a pesar de ser mediodía, estuvimos un buen rato paseando y contemplando todo lo que rodeaba la plaza. Y eso sí, bailamos. Vayamos donde vayamos, bailamos… Somos así… ¿Qué le vamos a hacer?





Antes de comer, nos fuimos a ver el Puente de los Suspiros desde el exterior. Me gustó mucho: pequeñito, tapado, supongo que para ocultar a la gente que pasaba por ese puente (que tampoco me extraña porque eran reos). 


Y unas miles de fotos después, nos fuimos a comer a una zona más tranquila. Encontramos por el camino una tienda de disfraces de época para el carnaval que me fascinó. Y al fin, comimos junto a un canal y la sede griega. Un sitio tranquilo, con turistas, pero no estuvo mal. La pasta que me comí me gustó muchísimo. No sé si influyó el hambre que tenía, pero me pareció muy buena. Fue un momento de relax y de planificación de lo que haríamos después de comer. No teníamos tiempo de todo.


Así que, repuestas las energías, nos fuimos a montar en góndola. 40 min navegando por los canales estrechos. Me gustó mucho el paseo. La habilidad de los gondoleros para no pegársela, me fascinó. Nos relajamos y disfrutamos de las vistas desde la góndola. Muy guiri, pero divertido.

Después, volvimos a San Marcos. Subimos al Campanile (cosa que no habíamos previsto) y contemplamos toda la ciudad de Venecia e islas colindantes. Se estaba muy fresquito allá arriba. Y luego un poco de compras y de vuelta a la estación en el vaporetto, apretujadísimos todos, pero contemplando los magníficos edificios y jardines que dan al Gran Canal. 



En resumen,

-       Es una ciudad que mires por donde mires encuentras algo bonito. Ah, y no olía mal.
-       Hay demasiada gente, al menos en verano.
-       Todavía me fascina cómo se puede aguantar una ciudad sobre pilones de madera después de haber pasado tanto tiempo desde su construcción.
-       Cumplí uno de mis sueños al ir.

Pero me ha quedado pendiente vivirla de noche. Así que, volveré… Eso espero.

2 comentarios:

  1. A Venecia hay que volver ¡siempre! Muy chula la entrada y muy bonitos los recuerdos. ¿Cuándo volvemos?

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  2. Primero hay que ir a otros sitios... Luego ya volveremos!

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